El problema: los detalles se pierden por el camino
Sábado, 14:00, barra llena. En la mesa 6 piden dos cafés, uno con leche de avena y otro descafeinado de máquina, y una tostada sin tomate. El camarero lo apunta en una servilleta, o no lo apunta, y confía en su memoria.
Cuando algo sale mal, sale caro: un café que se repite, una tostada que vuelve a cocina, un cliente que se va con la sensación de que aquí no se escucha. Y el extra que el cliente habría pagado encantado, ese que nadie le ofreció, directamente no existe.